SALIRSE DE LAS TÍPICAS RUTAS
Sergey Kamenev emprendió una odisea sobre dos ruedas desde Rusia en busca de la auténtica Turquía
Para los no iniciados, un viaje a Turquía puede evocar varios días de estancia en un hotel con inagotables reservas de comida y bebida y descansar en una piscina en compañía de otros veraneantes con elevadas dosis de alcohol. Yo viajé a Turquía en mi Harley-Davidson® con la intención de desmentir este deprimente mito y ver el país tal y como es en realidad, no como lo ven muchos turistas.
El frío viento del otoño ya había comenzado a cambiar el color de las hojas de los árboles y la lluvia despedía el verano. Con este tiempo no apetece quedarse en casa y correr el riesgo de sucumbir a la melancolía tan habitual en esta época del año. Por eso yo decidí emprender camino a climas más cálidos. La idea del viaje era sencilla: zambullirme en el mar, ver los lugares más hermosos de Turquía y regresar antes de las nieves del inverno. Quería que mi viaje fuera tan rico en impresiones como fuera posible, y decidí no preparar una ruta precisa, aunque sí me marqué unos cuantos lugares de visita obligada.

LA TRAVESÍA HACIA TURQUÍA
Mi ruta atravesaba Europa oriental (Polonia, Eslovaquia, Hungría, Rumanía y Bulgaria) hasta llegar a Turquía occidental, desde donde pasaría por Estambul hasta Antalya para continuar hacia el interior y visitar la famosa región de Capadocia y el monte Nemrut, cerca de la frontera con Siria, y, por último, el monasterio de Sumela en el noroeste del país. Regresaría a Rusia por Georgia, antes de que las carreteras quedasen cubiertas de hielo.
Atravesé Bielorrusia, Polonia, Eslovaquia y Hungría sin incidentes, y alrededor de la hora de comer del tercer día de mi periplo llegué a la frontera de Rumanía. Además de un paisaje impresionantemente hermoso, creo que una de las características de Rumanía es su cantidad de carreteras zigzagueantes. Aquí puedes disfrutar con cada curva que tomas en la moto, pero tienes que estar atento a las vacas que pueden salir a tu encuentro mientras negocias un giro cerrado.

A unos 30 kilómetros de la ciudad de Brasov está situado el castillo de Bram, que atrae a turistas en todas las épocas del año por su estrecha relación con la leyenda de Drácula y la novela del mismo nombre escrita por Bram Stoker. Los detalles de la guarida del vampiro ofrecen una notable semejanza con el castillo de Bram.
Se trata de una construcción pequeña, con poco más de media docena de estancias conectadas en un laberinto, y en el patio hay un pozo que, según cuenta la leyenda, conduce hasta una red de laberintos subterráneos. Sin embargo, la realidad apenas parece tener nada que ver con el conde sediento de sangre.
En la frontera con Bulgaria me recibió una hermosa puesta de sol por encima del largo puente sobre el Danubio, y fue el primer lugar donde conseguí hablar ruso: los vigilantes de la frontera búlgara dominan mi idioma bastante bien y fueron amables, por lo que todo el proceso no llevó más de 20 minutos. Desde los primeros kilómetros tuve la sensación de haber sido transportado en una máquina del tiempo a 25 años atrás: en las ciudades de la frontera me vi rodeado por edificios de pisos con paredes de paneles prefabricados y solares vacíos poblados por malas hierbas, igual que en el Moscú de la época soviética o de la Perestroika. No puedo ofrecer observaciones de la naturaleza, porque atravesé la mayor parte de Bulgaria en total oscuridad por la ausencia de alumbrado, incluso en las carreteras generales. Las señales de la carretera están en alfabeto cirílico, lo que contribuyó a la sensación de encontrarme con una apartada provincia rusa. Otra cosa que me provocó una fuerte impresión fue el abrupto cambio del asfalto al empedrado, en la mitad de la autopista principal, especialmente por la sensación de pérdida del equilibrio al precipitarme sobre unas piedras gastadas por el paso del tiempo y surgidas de la nada en medio del bosque.

UNA ESCUELA REALMENTE DURA
Al acercarme a la frontera turca me alegré de haberme detenido la noche anterior, porque la carretera prácticamente desapareció. El paso de la frontera fue muy rápido, sin retrasos ni demasiadas preguntas. Ante mí se abría la amplia autopista hacia Estambul. Esta carretera inesperadamente ancha y en buenas condiciones me permitió avanzar rápidamente y no tardé en llegar a la carretera de circunvalación de Estambul, con tremendos embotellamientos y circulación muy peligrosa.
Aquí descubrí que Turquía era una escuela dura para el motociclista: los conductores no tienen por costumbre dejar pasar a las motos entre carriles, ni siquiera si se trata de una Harley® grande y cara. El hermoso puente del sultán Mehmet El Conquistador, de más de 1,5 km de longitud, está suspendido a 150 m de altura sobre el Cuerno de Oro, el estrecho que conecta el Mar Negro con el Mar de Marmara.
Dejando atrás el denso tráfico de la metrópolis, emprendí rumbo a Antalya. Y aquí se desató el infierno. El tráfico, extremadamente denso, no permitía abrirte un hueco entre los coches, y los continuos atascos me resultaron agotadores. Por si fuera poco, el asfalto era tan resbaladizo como el hielo, y muchas veces tuve que recurrir al ABS para poder frenar justo detrás del parachoques trasero del coche que circulaba delante de mí. En el norte de África había visto asfalto de este tipo: en apariencia es liso y regular, pero con un traicionero brillo que indica la presencia de gravilla pulida añadida a la mezcla para mantener la forma de la carretera bajo el calor del sol.

Por fin, ya muy de noche, llegué a un lugar lleno de afectación y excesos. El hotel en el que me alojaba pertenecía al antiguo propietario del mercado de Cherkizovsky, y estaba decorado con un estilo estridente y opulento. Me fumé un puro en el balcón bajo el cielo estrellado, con una sensación de inenarrable felicidad por haber superado con éxito la primera parte de mi viaje.
DESDE LAS PIEDRAS HASTA LOS CIELOS
El siguiente destino de mi ruta era la ciudad de Ürgüp, en Capadocia. Es una región muy interesante por su extraño paisaje y peculiares formaciones rocosas, como columnas puntiagudas. Me parecían lanzas apuntando al cielo, aunque los lugareños han puesto a uno de los valles el nombre de ‘Valle del Pene’; si es así como quieren venderlo…
La historia de Capadocia se remonta a 2.000 años ac, y son muchas las naciones y religiones que dejaron en la zona un legado de ciudades de roca labrada en lo más profundo de las montañas. La piedra, denominada ‘toba volcánica’ es fácil de trabajar y permitió a los residentes crear sus viviendas en los riscos. Recomiendo a todo el que viaje por la región pernoctar en uno de los numerosos hoteles en la roca. El que yo elegí estaba construido siguiendo las normas antiguas y todas las habitaciones estaban amuebladas en estilo medieval clásico. ¡Realmente interesante!

Como de costumbre, al día siguiente me puse en camino antes del amanecer, pero, esta vez, el motivo de mi madrugar era muy distinto. Uno de los espectáculos más populares de Capadocia es ver el amanecer desde un globo aerostático, algo que no quería perderme.
La reserva puede hacerse prácticamente en cualquier hotel. Antes del amanecer, se recoge a los viajeros en sus hoteles en minibuses que los llevan hasta el lugar del valle donde despegan los globos. Uno tras otro, ves cómo los globos se elevan rápidamente. Era mi primera experiencia en globo aerostático, y me resultó impresionante. La complicada estructura de los aparatos hace que incluso el lanzamiento sea un espectáculo en sí mismo.
Todos los asientos están al borde de la cesta, lo que permite a todos los pasajeros hacer fotos o filmar sin interrupciones. El globo asciende hasta una altura de entre 500 y 800 metros pero, probablemente, lo más fascinante sea ver cientos de estas esferas multicolores ascendiendo a la vez en el cielo por encima de un horizonte que lentamente se vuelve rosado. El vuelo dura alrededor de dos horas, y durante este tiempo puedes ver la salida del sol sobre las extrañas formaciones rocosas, respirar el aire fresco de la mañana y explorar todo el paisaje sin levantar el dedo del obturador de la cámara, porque cada momento constituye una nueva imagen inolvidable.

Se invita a los participantes a una copa de champán y reciben un certificado de haber pasado dos horas en el cielo de Capadocia. ¡Esta es la primera vez en la vida que hago un viaje turístico en el que cada céntimo merece la pena!
UN DESVÍO POLVORIENTO
Tras desayunar, dejé el hotel y salí a explorar la zona. Hay tantos lugares interesantes que ni en una semana tendrías tiempo para verlo todo. Como mi tiempo era limitado, me marqué unas prioridades. Tras hacer unas fotos panorámicas desde la plataforma de observación, fui al castillo de roca de Uchisar, el punto más elevado de Capadocia, una formación natural de roca que parece un enorme pedazo de queso comido por ratones. Esta estructura fue utilizada por los bizantinos como torre de vigilancia desde la que hacían señales utilizando espejos o antorchas.
A continuación, hice una visita rápida a una de las muchas ciudades de roca. Para llegar hasta allí, tuve que abandonar el asfalto y continuar por una carretera de arena y tierra. Esto me dio una idea que me pareció ingeniosa y sencilla. Hay rutas ya concertadas para quienes deseen visitar los hermosos lugares de Capadocia en cuatriciclos por los caminos de tierra. Decidí que esta era mi oportunidad de visitar estos maravillosos lugares y fotografiar la moto contra este fondo ‘todoterreno’.
En conjunto, la ruta resultó muy divertida, desde el paisaje circundante hasta las nubes de arena en los retrovisores. Moderé mi entusiasmo para el tipo de moto que llevaba, pero no pude resistir la tentación de adelantar a un grupo de turistas chinos en quads, que inmediatamente buscaron sus cámaras y teléfonos móviles para fotografiar mi matrícula rusa desaparecer entre nubes de polvo.

EN MANOS DE LOS DIOSES
Regresando a la carretera de asfalto, decidí que era hora de visitar la parte suroriental de Turquía. Tras ascender hasta una altitud de 2.200 metros sobre impresionantes carreteras zigzaguenates, en ocasiones pavimentada con grava, me encontré con una zona de aparcamiento cerca de la cumbre del monte Nemrut. Para llegar al punto de interés principal es preciso continuar el difícil ascenso a pie hasta la cumbre, que lleva alrededor de media hora.
Este es el lugar en el que Antíoco I, rey de Comagene, erigió un complejo de monumentos en el siglo I dc. Según los científicos, hay una tumba rodeada de inmensas estatuas de nueve metros de altura. El centro de la tumba, en la cumbre de la montaña, es un túmulo funerario de cincuenta metros, construido con pequeñas piedras. Aún no se ha descubierto la tumba del rey. Hay esculturas de Zeus, Apolo, Hércules, Afrodita y el propio Antíoco, todas ellas ejecutadas en estilo persa. En la terraza occidental hay enormes paneles en los que se ve al rey recibiendo a los dioses.
Este lugar tiene un poder especial, no llega a ser hostil, pero sí un tanto opresivo: los ídolos de piedra observan taciturnos a los visitantes no invitados. Uno no llega a entender cómo estas estatuas pudieron aparecer en la cumbre de la montaña sin carreteras ni tecnología. Es difícil creer que se realizasen en el propio lugar, ya que la piedra en la que están labradas es distinta del tipo de roca de la montaña.

LA LLEGADA DEL OTOÑO
A medida que avanzaba hacia el norte del país, el verano adquiría cada vez más indicios del otoño: las hojas de los árboles se volvían amarillas, el cielo se llenaba de nubes y comenzaba a lloviznar. Cuando llegué a Macka, la lluvia era torrencial y era evidente que no tenía sentido visitar el monasterio de la montaña con ese tiempo. Me instalé en un hotel muy decente, rodeado de autobuses de turistas de los que surgían los pasajeros adormilados.
A primera hora de la mañana siguiente, tras desayunar en compañía de un grupo de abuelitas alemanas, decidí ir hasta lo alto de la montaña para visitar el monasterio de Sumela. Había dejado de llover y el tiempo era bastante bueno, aunque un tanto nublado. Dejé atrás los 16 km de serpenteante carretera de montaña en un momento, dejé la moto en el aparcamiento y fui a explorar la zona. Si alguien me hubiera enseñado fotos de este lugar y me hubiera preguntado de qué país se trataba, jamás habría adivinado que era Turquía. El denso bosque de pinos rodeado de acantilados, los cielos grises que solo ocasionalmente dejaban entrever el sol, una neblina que cubría todo el valle y las densas nubes pegadas a la cumbre de las montañas evocaban más países como Noruega o Suiza.
El monasterio cristiano ortodoxo de Sumela se construyó sobre los acantilados de roca caliza en el siglo IV ac. La vista más hermosa es desde la plataforma de observación que domina las montañas, y el sendero que conduce hasta el monasterio sobre las raíces de árboles centenarios y rocas cubiertas de musgo es increíble.

A continuación, llegué a Trabzon, una pequeña ciudad portuaria en el Mar Negro, que en tiempos había sido un importante puerto comercial y pesquero. Aunque su importancia disminuyó al construirse el nuevo puerto en la ciudad de Samsun, Trabzon sigue recibiendo cruceros turísticos, sobre todo por su proximidad a los lugares históricos. La ciudad en sí está plagada de historia y su pasado se remonta a lo más profundo de la antigüedad. Fundada por los griegos en el siglo VIII ac, la ciudad cambió de manos repetidamente y fue destruida varias veces. Fue ocupada por los griegos, el Imperio Bizantino, godos, armenios, persas, turcos e incluso fue ocupada por tropas rusas. La ciudad ha absorbido culturas muy diversas, lo que se refleja en su arquitectura y gastronomía.

DE REGRESO A CASA
El viaje de regreso por Georgia y Rusia fue cómodo, escapé milagrosamente de las lluvias otoñales y llegué sin mojarme e incluso sin pasar frío (¡gracias a los puños calefactados!). Quedé totalmente satisfecho con mi viaje, la ruta, mis aventuras y, por supuesto, con mi moto, que me proporcionó confort y confianza y que resultó ser mi mejor aliada, no solo sobre el asfalto, sino también en las pistas de tierra. La admiración y reverencia que la gente demuestra ante quien viaja sobre una máquina de esta marca nunca deja de inspirarme.
Esta pequeña gira por Turquía evidencia que los estereotipos que hemos creado sobre distintos países y lugares se deben, meramente, a la estrechez de mente y a la falta de conocimiento de la realidad. Redescubre por ti mismo los países que ya conoces. Cambia las autopistas por las carreteras secundarias, relaciónate con las gentes de cada lugar, descubre cómo viven, prueba su comida y, de esta manera crecerás espiritualmente y conocerás el mundo tal y como es, en lugar de como lo vemos por televisión.
